Creo que estoy perdida nuevamente.
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Mostrando entradas de mayo, 2024
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Cuando tenía la edad de Violeta, me escondía debajo de las frazadas y suplicaba con todas mis fuerzas que el paso del tiempo fuese más rápido, para dormir me imaginaba a mi misma viviendo una vida en paz, soñaba con abandonar esa casa donde estaba Erna, que nos gritaba y siempre estaba enojada. ¡Qué tiempos esos! como detestaba vivir en aquel entonces, no se de donde saqué motivación para seguir adelante, pero sin duda seguí. Y aquí estoy ahora, adelante.
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Tengo tantos deseos de que todo sea más sencillo. Solo quiero amar y entregar ternura; no quiero dramas, solo quiero amar y comprender. Solo quiero amar, amar, amar, amar y llenarme de todo ese amor que no tuve cuando era niña, cuando me ocultaba debajo de las frazadas soñando y anhelando el día en que ya no tendría que tolerar malos tratos ni desaires.
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“La mayor parte de los dolores de nuestra existencia son culturales. Pregúntese dónde le duele la vida y verá que no es en su cuerpo y verá que la vida le duele en los espacios donde no es visto, en donde está usted siendo negado, en sus espacios de desamor, duele no contar con el respeto de sus compañeros de trabajo o de sus vecinos, de su familia y amigos. Verá que en el fondo lo que nos mueve a los humanos es esa necesidad ancestral de ser reconocidos, que significa que nos valoren, que consideren nuestra aportación al grupo y que nos lo demuestren en su trato con nosotros. Eso es lo que está detrás de todos, incluso detrás de quien se compra grandes coches, aviones de reacción o grandes palacios: queremos que nos quieran por puro mandato biológico. Porque sólo en el espacio en el que se tiene presencia, se es productivo y se puede convivir con satisfacción”. —Humberto Maturana— “Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo verdaderamente y disfrutar de la aventu...
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Reconozco lo que me provoca el dolor, rehuyo de él como de las cucarachas. Cuando pienso en dolor el primer recuerdo que se me viene a la mente (y al cuerpo) es el de mis días en el hospital. Todas las mañanas venía una enfermera, me ponía de lado y todo mi peso se cargaba sobre mi cadera rota, que dolor más de puta madre era ese. Rogaba que todo eso terminara, fantaseaba con el día que ese dolor acabara. Así como rogaba años antes que la Erna se fuese de mi vida, impotencia enorme la de esa mujer maltratadora, con el ceño fruncido, sus gritos, hicieron de mi niñez y adolescencia una tortura inacabable. Hubiese querido en aquellos años, encontrar la ternura de un abrazo fuerte, pero aprendí a mirar el horizonte y abrazar el futuro esperanzador.